A su manera es
leal. No fiel, leal. En el trayecto al césped intenta ir a mi lado. Le
cuesta. Un hombre no está acostumbrado a ir en línea recta. Antes de seguir
tengo que aclarar que mi amo se levantó un buen día y me dijo que prefería ser
mi perro. También me dijo cosas más íntimas, de las que tan sólo puedo repetir,
que él quería ser mi perro por algo que le había pasado. Y que si no me importaba que de ahora en adelante, le pusiera mi collar. No me importó. Había sido un buen amo. El ya no quería
ser más hombre sino ser un perro el resto de lo que le quedaba de vida. Y que se ponía en mis manos para que le paseara e
hiciera lo que mejor considerara. También me dijo que se había cansado de
tomar decisiones, prefiero que seas tú
quien me guíe.
Y así fue como
pasé de ser perro a ser amo. Le llevaba al césped todos los días para que
socializara con los que habían sido hasta entonces mis amigos. Hay que decir
que los de mi manada se extrañaron bastante al verme traer a mi amo atado y soltarlo junto a ellos, y éste a
su vez correr a olerles sus partes y dejar que le olieran las suyas. Todo esto
como un acto de reconocimiento, y no de humillación. Pude leer lo que pensaron pero no lo diré.
Me
alegro por mi amo que al menos a sus cincuenta años haya descubierto tal obviedad, la de entender que olerse es reconocerse. Le
veo feliz, y por eso también lo soy. Por ejemplo ahora, mi perro que es mi amo está cavando un hoyo y no
le voy a reprender. Sé exactamente lo que busca en la tierra húmeda. Tan sólo
eso, el olor y el sabor de la tierra mojada, alguna raíz tierna y poco más. Sé
que cuando era mi amo y yo hacía lo mismo me reprendía, hacer hoyos es lo peor para los hombres. Se refiere quizás a algún acto innoble.
Veo a mi amo
feliz cuando se le acerca Cora, una bulldog francesa, que corre a embestirle con sus
morros. Sé exactamente lo que siente un mil leches como él ante algo así, porque
venimos del mismo lugar genético. Mi amo la huele y no se lo cree. O sea a
plena luz del día, tanto si sí, como si no, Cora se revolcará contra el césped
tan sólo por el puro placer de hacerlo y le dará un cabezazo si no lo hace. Mi amo la sigue, haciendo lo propio. Sé
exactamente cuando mi amo me mira lo que en el fondo desea. No sé si en su caso
él lo sabía tan claramente como ahora. Pero eso qué importa ahora, mientras Ricky un chiguagua que corre
como un galgo le invita a dar cuatro vueltas. No puede negarse, y acepta el
reto. Lo dejo que corra, sé que no se irá a la calle. Mi amo levanta la pata una y
otra vez para marcar los cuatro árboles que rodean el paraíso. Nunca nada le
perteneció tanto. Viene y también me echa una meada en el tobillo. Soy suyo. Le
reprendo. Tampoco voy a dejar que se pase. Viene por fin Blacky, un perro
traumatizado que recibió un mamporro de pequeño y ahora lo paga con todo macho
que no le baje las orejas y el rabo. Mi amo no está por la labor. Tienen el
rifi y rafe de siempre. No pueden evitarlo. La dueña de Blacky me mira
resignada. No sabe qué hacer con él y sólo le tira de la correa. Lo cual hace
que ladre aún más. Mi amo se le enfrenta. Tendré que atarlo. Pero no hace
falta, al final la amenaza decide irse detrás de Cora. Mi amo se espatarra bajo
la sombra del ficus y saca la lengua. Sé que ha llegado la hora de marcharnos.
Lo llamo pero no obedece y se larga a comer flores. Le vuelvo a llamar y se va
aún más lejos. No voy a ir detrás. Últimamente siempre me hace lo mismo. Así
que me doy media vuelta y me despido. Se lo piensa un poco, y al final viene y
se pone a un metro de mí. Tan sólo para que el que se acerque sea yo. No estoy
por la labor. Siendo amo tengo que hacer tantas cosas. No me desespero, porque sé que
no llegaré demasiado lejos. Me agacho y le susurro: Si no vienes ahora mismo, volverás a ser
mi amo. Se arrastra. Siento pena. Casi aúlla. Le pongo la correa. Sé que es
leal, tan sólo por eso, no le reprendo demasiado. Es leal porque aún tiene memoria de lo que tanto le cuesta olvidar. El día que olvide quién era, estaré perdido.
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